EL EMBELECO DE LA IGUALDAD,  POR: DIONISIO ARAUJO VELEZ

DIONISIO ARAUJO VELEZ

 Desde hace años agitar la bandera de la igualdad entre los hombres (y las mujeres, para que no me regañen) como mecanismo para conquistar electores se ha puesto de moda entre los políticos. Repiten y repiten la cantaleta de que Colombia es uno de los países con peor concentración de la riqueza y el segundo peor de América Latina y recitan una y otra vez, con cara de académicos muy versados, que  no sé cuanto por ciento de la población acumula gran parte de las riquezas nacionales y que eso es injusto y es causa de crimen y malestar.

Sé que corro el riesgo de ser crucificado por lo que voy a decir, pero alguien tiene que decirlo.

Conseguir la igualdad entre los seres humanos es una promesa engañosa. Eso es imposible de alcanzar  porque los seres humanos no somos iguales. Así de simple. Cada uno de nosotros tiene no sólo rasgos físicos distintos (altos, bajos, flacos, gordos, rubios, morenos), sino distintas habilidades y preferencias. No todos podemos (ni queremos) jugar al fútbol como James Rodríguez ni escribir como Gabriel García Marquez ni bailar como nuestra querida Shakira. A algunos les gusta ser empresarios, a otros deportistas y a los de más allá pintores o literatos. Nos gusta tener personalidad propia y definida y ser reconocidos por nuestra manera de ser, nuestras aptitudes o nuestro ingenio.

Jamás podríamos ser igual de ricos porque a muchos el ser millonario no los desvela. Prefieren deleitarse y sentirse realizados con otros desafíos menos prosaicos como el estudio, criar una linda familia, vivir enamorados, entregarse al servicio de Dios o de su prójimo o hasta contemplar los astros o las aves. No todos queremos tener una parcela y dedicarnos a las labores del campo y no a todos nos apasiona acumular posesiones ostentosas ni solazarnos en el hecho de disponer de cuentas bancarias y participaciones accionarias sin límite.

Y eso es lo que hace que el mundo sea bello y fascinante. La variedad… el ser impredecible… Ya hace muchos años que Huxley escribió aquella terrible sátira de El Mundo Feliz que era el escenario repugnante  de la homogeneidad.

Si se lograse en determinado instante repartir de forma perfectamente exacta la riqueza de un país, con toda seguridad a la vuelta de pocos días o meses unos tendrían más que otros porque son más hábiles en eso de hacer negocios o porque muchos despilfarrarían su cuota en diversiones, viajes o compra de aparatos inútiles. Igual ocurriría si dividiéramos el territorio en partes iguales. (Me da risa pensar cómo sería la pelotera porque a unos les correspondió su parcela en la sabana de Bogotá y a otros en el Vaupés o Guanía… O a unos les dieron un peladero y a otros un terreno hermoso y con agua abundante…¿Cómo podría hacerse ese reparto?)

Lo que hay que buscar no es la igualdad, sino las condiciones dentro de las cuales cada ser humano pueda vivir su vida y buscar la felicidad a su manera. En eso consiste el bien común. Seguridad, administración de justicia, infraestructura, hospitales y centros de salud decentes y atendidos por profesionales competentes, servicios públicos confiables y sin costos ocultos afectados por la corrupción y la ineficiencia de los empleados públicos y sobre todo mucha, mucha, mucha educación de calidad. La educación es lo único que nos rescatará del atraso. En los tiempos presentes (y esto puede verificarse fácilmente) la verdadera riqueza no está en la propiedad de inmuebles o cachivaches, sino en el conocimiento, en la creatividad, en la habilidad para progresar dentro de un marco de cordialidad y respeto.

Para todos los propósitos enunciados alcanzarían de sobra los impuestos y peajes que pagamos los colombianos, pero lamentablemente nuestros administradores públicos (con honrosas excepciones) los despilfarran en el saqueo y en la creación y mantenimiento de una de una burocracia ineficiente y demasiado numerosa, que les resulta muy útil en sus propósitos electorales.

Agitar las banderas de la igualdad lo único que obtiene es promover la envidia, el odio y la violencia, que es precisamente el ambiente en el cual el progreso y la concordia jamás podrán germinar pero es lo que conviene a los políticos cuyo único interés es llegar al poder y hay que reconocer que ese embeleco se vende fácilmente.

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