SANGRE EN LAS BANANERAS: Mario Madrid-Malo Garizábal

Mario Madrid-Malo GarizábalColombia, 1928. En el departamento costeño del Magdalena había 60.000 hectáreas de campos bananeros cuya propietaria, la United Fruit Company —también conocida por la sigla UFCO—, operaba en el país desde 1899. Algunos aseguraban que los tinterillos al servicio de esta frutera norteamericana tenían una habilidad especial para apropiarse de baldíos.

La United era una entidad empresarial muy singular: declaraba no tener trabajadores a su servicio. Los miles de hombres que limpiaban sus terrenos, abrían sus canales de riego, sembraban su banano, recogían su cosecha, empacaban su fruta cortada y la hacían subir a sus vagones para transportarla hasta los vapores de su gran flota blanca, jamás habían figurado en las nóminas de la sociedad creada por Minor Cooper Keith. La UFCOse valía de "ajusteros" para burlar la ley laboral. (Los "ajusteros" eran contratistas administrativos que se obligaban a cumplir por su propia cuenta una actividad. Ellos se encargaban de enganchar a los peones y operarios, de pactar con éstos el género de labor que realizarían y el salario que les sería pagado, y de entregarles cada década su remuneración. Pero en el contrato celebrado con cada ajustero se estipulaba: "...Ni el contratista ni sus empleados son empleados de la United Fruit Company").

El 12 de noviembre de 1928 los obreros de las plantaciones cuya propietaria era la UFCOse declararon en huelga. Lo hicieron después de solicitar en vano, durante varias semanas, que la empresa negociara con ellos un pliego de peticiones. El gerente general de la frutera, Thomas Bradshaw, fundamentaba su negativa a recibir a los negociadores en el argumento tantas veces invocado: no existía vínculo jurídico alguno entre su compañía y quienes trabajaban en las fincas adquiridas por ella.

El mismo día en que comenzó la huelga Bradshaw telegrafió al presidente Miguel Abadía Méndez, dándole cuenta de que en la zona había estallado una peligrosa revuelta planeada por cabecillas irresponsables. El gobierno —en orden redactada por el ministro de guerra, Ignacio Rengifo— dispuso que el general Carlos Cortés Vargas se trasladara al departamento del Magdalena con tres batallones, para dar amparo a los pacíficos trabajadores que allí estaban siendo hostilizados por revoltosos.

Cortés Vargas era un militar ignaro y reaccionario, dotado de una imaginación novelesca. En una semana descubrió una conjura comunista para destruir las bananeras, y una grave amenaza de invasión por barcos de guerra norteamericanos. Mientras intentaba romper la huelga con detenciones en masa y patrullajes intimidatorios, el chafarote describía en sus comunicaciones a Bogotá una situación horripilante: en las poblaciones afectadas por el movimiento obrero ya operaba —según él— un soviet (consejo comunista) que se proponía lanzarse contra su ejército.

Ante informaciones tan dramáticas el gobierno dictó un decreto de estado de sitio por el cual designaba a Cortés Vargas como jefe civil y militar del Magdalena. En la madrugada del 6 de diciembre de 1928 el general hizo marchar a sus hombres hasta la plaza principal de Ciénaga, donde se habían congregado miles de huelguistas para comenzar una multitudinaria marcha de protesta hacia la capital del departamento. Entonces ocurrió la masacre.

Catherine LeGrand describe así la escena: "Sonaron los tambores. Trescientos soldados se apostaron al costado norte de la plaza. En voz alta un capitán leyó el decreto de estado de sitio, que prohibía asambleas de más de tres personas. Los huelguistas y sus familias debían dispersarse en forma inmediata, concluyó, o los soldados dispararían. Siguieron tres toques de corneta a intervalos de un minuto. Casi nadie se movió. Más tarde algunos de los presentes dijeron que estaban seguros de que los soldados no dispararían: los huelguistas eran demasiados y habían tratado bien a los soldados. Se oyeron unos pocos gritos de la multitud: '¡Viva la huelga!' '¡Viva Colombia libre!' '¡Viva el ejército!'. El general Cortés Vargas ordenó a sus soldados disparar...".

Nunca se sabrá cuántas personas fueron muertas en Ciénaga. Cortés Vargas —tan conservador como siempre— informó que por obra de los disparos hubo sólo nueve fallecimientos. El dirigente sindical Raúl Eduardo Mahecha elevaba a sesenta el número de huelguistas asesinados. Otros hablaron de varios centenares de víctimas. El "tren interminable y silencioso" que aparece en una de las novelas de García Márquez —un tren con miles de cadáveres llevados hacia el mar—, siempre ha estado en las versiones populares de la matanza. En cambio no hay duda alguna sobre el balance de la represión en Sevilla, otro pueblo bananero. Allí los hombres del ejército mataron a veintinueve trabajadores.

Al año siguiente, en las sesiones septembrinas de las cámaras legislativas, Jorge Eliécer Gaitán denunció los atropellos que en la zona bananera habían perpetrado las tropas de Cortés Vargas. El joven congresista demostró, ante la indiferencia de sus colegas, "la criminal complicidad entre la United Fruit y los militares que allí actuaron", pero jamás se investigaría a uno solo de ellos. El ministro Rengifo fue nombrado diplomático en Londres. El exjefe civil y militar del Magdalena, ya envuelto en nuevas acusaciones por la muerte de un estudiante a manos de la policía bogotana bajo sus órdenes, siguió teniendo pesadillas sobre revoluciones bolcheviques y flotas invasoras.
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